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viernes, 14 de junio de 2024




El derecho a votar y el esfuerzo por saber

Episodio 0008 del podcast La sociedad Sentada

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Imaginemos que estamos a principios del siglo XXII, dentro de unos 70 o 80 años, más o menos, y que ya hay algunos países en los que se permite una cierta manipulación genética para dotar a los futuros bebés de algunas características físicas determinadas, tales como el sexo, el color de su pelo o la altura. Pero, hay condiciones. Imaginemos que para que los padres puedan optar a esa posibilidad se les exige a ambos superar unas pruebas de conocimiento sobre materias como la anatomía y fisiología del cuerpo humano y también sobre las leyes que afectan a los derechos humanos y en especial a los derechos de los menores.

 

Imaginemos ahora que mañana se aprueba una ley en España que, para poder votar en cualquier convocatoria electoral, del tipo que sea (municipal, autonómica, estatal o europea), obligue al votante a superar un sencillo examen. Es decir, que antes de votar, cada persona debe realizar una prueba que demuestre con suficiencia que comprende todas las características esenciales de la votación y las condiciones y aritméticas que se usan para que finalmente los votos se transformen en escaños o en representaciones. En definitiva, una ley que, para poder votar en una convocatoria electoral, obliga a los votantes a superar un examen básico sobre los conocimientos que tienen de las leyes que rigen la convocatoria electoral y el posterior tratamiento de los votos.

 

¿Qué le parece?

 

Puestos a imaginar, si lo prefiere, imaginemos que mañana se aprueba en España una ley que permite votar desde los 12 años, o por qué no, desde los 10. Incluso podríamos imaginar que se aprueba una ley que elimina la minoría de edad como tal.

Y ya puestos, otra que elimine el examen de conducir. ¡Qué bueno! ¿no? Así todos podríamos llevar nuestros vehículos de motor por calles y carreteras sin que nadie nos pida el carné de conducir.

¿Qué le parece? ¿Bien? ¿Mal?

 

Volvemos al voto electoral.

 

Y la pregunta es,

¿si para poder votar en unas elecciones me exigieran, a mí, conocer los detalles mínimos sobre los porqués y los cómo de las elecciones en las que quiero participar, haría yo el esfuerzo de leer y aprender lo suficiente como para poder votar?

 


Saber no es tan difícil.

 

A pesar de la enorme presión política que recibimos las ciudadanas y ciudadanos en estos tiempos de ahora, muy pocas personas se interesan por conocer las leyes y normas más elementales que marcan desde la convocatoria de unas elecciones hasta la configuración de los organismos que dependen directamente de los votos obtenidos. Nos referimos, por ejemplo, a la aritmética que traduce los votos recogidos de las urnas en escaños del Congreso de los Diputados. Estamos hablando de cómo se configura el Senado o el Parlamento en España. No digamos, si además alguien pretendiera que la mayoría de los votantes conozcan detalles acerca del tipo de circunscripción que se utiliza en cada una de las convocatorias electorales o la manera en que se decide cada lista de candidatos en cada uno de los partidos políticos que se presentan. Pero incluso hay cuestiones más oscuras aún para la gran mayoría de personas que hace uso de su derecho al voto.

 

 

Ser una persona bien informada no es fácil, y menos en la confusa situación en la que nos movemos en la actualidad. Hemos hablado ya en nuestros anteriores episodios de algunas de las causas que más influyen en la información y la comunicación. También hemos hablado y seguiremos hablando de la necesidad de aprender y de adquirir los conocimientos mínimos necesarios para saber diferenciar qué tipo de información nos llega. Se trata sobre todo de distinguir la información veraz de la que no lo es.

 

-Ser una persona bien informada no es tan difícil. Solo requiere tener independencia intelectual y algo de sentido crítico (recordemos algunos términos como posverdad, desinformación, propaganda política, etc.)

No se trata de negar la propaganda ni mucho menos la ideología, se trata de saber, se trata de poder diferenciar. Por ser seguidor de un partido político determinado no hay por qué creer que todo lo que dice el líder de ese partido es verdadero. Otra cosa es que aceptemos que mienta, porque lo consideramos necesario para los intereses del partido o porque le perdonamos todo. Perdonarle es una cosa y engañarnos nosotros mismos es otra. Es de estúpidos cegarse para no incurrir en contradicciones, porque algún día abriremos los ojos y no lo soportaremos. 

El equilibrio mental es necesario para la salud. Si uno no tiene estómago para tragar sapos que no los trague. Si la fidelidad o la lealtad a determinado grupo o institución provoca contradicciones con la moral o la ética de una persona, mejor será que no sea fiel o leal a ese grupo o institución. Pero, entonces, que no les prometa fidelidad o lealtad.

 

-Ser una persona bien informada no es tan difícil. Solo se requiere tener un poco de curiosidad además de independencia intelectual y algo de sentido crítico. 

Quien lee una noticia y posee algún conocimiento sobre el tema puede sospechar que le falta veracidad si la información incluye datos que puedan parecer erróneos. En ese caso el lector solo tiene que comprobar si en efecto son erróneos esos datos.

Pero en muchos casos el lector no tiene conocimientos previos sobre el tema y mucho menos como para poder determinar si los datos son verdaderos o no. Aquí el lector tendrá que detectar de otro modo los posibles errores o intentos de engaño. La manera de expresarlo, el modo de argumentar o la intencionalidad, que siempre aparece, pueden dar una pista sobre la posible falsedad de una información. Y si aparece la duda, buscar información y consultarla. En Internet se encuentra todo. No lo olvidemos.

 

-Ser una persona bien informada no es tan difícil. Solo se requiere querer estar bien informada, dominar la pereza y no dejarlo para otro día, y tener un poco de curiosidad además de independencia intelectual y algo de sentido crítico. 

 

Finalmente se da el caso de mensajes sin sentido, sin argumentos, sin localización y sin causa que los justifique. Afirmaciones, acusaciones o insultos. Eso es todo. Mensajes que abundan en las redes sociales para embarrar. 

En este caso no es necesario verificar la falsedad, solo se requiere que el lector quiera estar bien informado. Simplemente que quiera.

Porque quien publica ese tipo de afirmaciones no informa, ataca. Atacar no es informar. Así que quien lo lee no está siendo informado. No hay color. Si alguien los lee y los cree tal cual, pues es porque quiere creérselos, porque piensa igual o porque está dispuesto a tragar todos los sapos de ese color. Así que ese alguien no necesita ser alentado para que se informe bien. Quizás necesite otro tipo de ánimo, pero no es éste.

 

Nuestro ánimo no es señalar a quienes manejan la información para adaptarla a sus intereses. No se trata de acusar a los manejadores, sino de poner en evidencia la falta de veracidad de muchas informaciones y sobre todo la necesidad de adquirir conocimientos para saber cómo detectar posibles manipulaciones interesadas. 

La intención es animar a que cualquier receptor de mensajes analice lo que le llega, antes de aceptar como buena cualquier información. Hay datos que dicen bastante y que de por sí ya ponen en cuestión el contenido del mensaje. Luego hay otros que seguramente precisan de una comprobación. No es difícil hacerlo si el mensaje facilita datos. Hoy en día casi todo se encuentra en la Internet. Saber buscar es una de las tareas más importantes del conocimiento. Las webs oficiales de las diferentes instituciones públicas y privadas son siempre la mejor garantía.

En nuestros episodios informamos de las webs que hemos utilizado para encontrar los datos verdaderos. También citamos a equipos de trabajo que pelean por despejar el panorama informativo. Insistimos mucho en la comprobación de las informaciones que recibimos y en la forma en que se nos dan esas informaciones. A veces la manipulación está en la forma de presentarlo o en las conclusiones a las que simulan llegar, saltándose indecorosamente la lógica deductiva más elemental. Incluso hay quien solo pretende repartir y extender las responsabilidades para que alcance a alguien a quien les interesa dañar.

 

No a la desinformación, no a la basura y no al ruido informativo. El conocimiento es la mejor vacuna contra la desinformación y la comprobación la mejor herramienta para desechar la basura y la manipulación informativa.

Insistiremos en la idea del conocimiento y en la necesidad de adquirir un mínimo que nos permita distinguir el grano de la paja. Un mínimo que a veces solo requiere la lectura atenta del mensaje o el simple análisis del quién dice qué, porque de ahí podemos obtener datos suficientes para entender el mensaje de un modo diferente a como el mensajero pretende que lo entendamos.

Para acompañar a la idea de adquirir conocimientos, reiteraremos la conveniencia de ejercitar la curiosidad, de profundizar un poco en el análisis de la situación que envuelve los mensajes que nos llegan. Animaremos a leer bien los mensajes, a no dejar de hacerlo porque aburre. Animaremos a superar la pereza, la eterna pereza por leer algo, cuando enterarse de cosas que no sabemos siempre es interesante. Leer es el mejor método para aprender. El mejor.

Es necesario que las personas sepan diferenciar sobre los asuntos que nos competen como ciudadanos porque intervenimos en la política, votamos, discutimos, ensalzamos a unos y degradamos a otros, y sin embargo en muchos casos no entendemos ni lo que discutimos.

 

Pongamos un ejemplo. Hay muy pocas personas en España que se interesan por conocer cómo se configura el Senado o el Congreso de los Diputados en España, a partir de los votos de los ciudadanos. Y hay menos personas aún que se interesan por saber cómo se configura el Consejo General del Poder Judicial, a pesar de que en los últimos meses se habla tanto de ello, debido a que los dos partidos mayoritarios no se ponen de acuerdo para renovarlo.

 

¿Por qué no se ponen de acuerdo? Quien se haga esa pregunta, debería empezar por saber cómo se renueva. Después quizás entendería por qué los unos quieren que se renueve ya, y por qué los otros no quieren que se renueve con la actual ley en vigor.

 

¿Y tú, estimado oyente, sabes cómo se nombra el Consejo General del Poder Judicial en España? ¿Te interesa ese tema o te da igual? ¿Qué opinas? ¿Crees que alguno de los dos partidos mayoritarios está jugando sucio? ¿O tal vez se trata de estrategias políticas válidas por parte de ambos? ¿Cuál de los dos partidos pone más pegas a la hora de aceptar un acuerdo? ¿Tienes alguna idea que ensucie a uno y libere al otro o piensas que cada uno defiende sus intereses sin importarle que se cumpla la ley?

¿Crees que la firma de un acuerdo, mañana mismo, perjudicaría a uno de los dos?  ¿A qué partido perjudicaría y a cuál beneficiaría? ¿Por qué?

¿No lo sabes con seguridad? Pero seguro que tienes una opinión. ¿En qué se fundamenta tu opinión? ¿Acaso te cae mejor un dirigente político que otro? ¿O es que crees más a un partido que a otro?

 

¿Sabes cómo se elige a los miembros del Consejo General del Poder Judicial?

 

¿Quieres que lo diga yo, aquí y ahora?

 

No, no lo diré. Pero si la curiosidad te mata, lo tienes fácil. Imagina lo que he hecho yo antes de hablar de este asunto.

 

Exactamente. He leído. Hay muchas maneras de buscarlo y muchas más de encontrarlo. Escribe en el buscador de tu navegador y lo encontrarás en nada de tiempo. Yo hice la pregunta directa: ¿Cómo se nombra en España el Consejo General del Poder Judicial?

 

Saber es fácil, cada día más fácil. Así que si no lo sabes y tienes interés o curiosidad por saberlo lo encontrarás fácilmente. Y si no tienes interés, si te da pereza leer o te da igual no saber pues pasa de este asunto. Pero en eso caso, espero que al menos no colabores en la difusión de acusaciones o creencias injustificadas.

 

FUENTES DE INFORMACIÓN


Página web del Congreso de los Diputados.

Página web del Senado.

La Constitución.

La ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ)

Página web del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ)

Wikipedia

Newtral.es

Y cientos de paginas más…



 

jueves, 30 de mayo de 2024

 






La moral y la ética en la literatura

Episodio 0007 del podcast La sociedad Sentada

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Sería arduo determinar cómo penetró la idea en mi cerebro; pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. Propósito no había ninguno. Pasión, ninguna. Tenía cariño al viejo. Nunca me había hecho daño. Jamás me había insultado. Su riqueza no me interesaba. Creo que fue su ojo lo que me perturbó. ¡Sí, eso fue! Tenía el ojo de un buitre, un ojo azul pálido, recubierto de una telilla transparente. Cada vez que posaba en mí su mirada, se me helaba la sangre; y así fue como poco a poco, de modo muy gradual, decidí quitar la vida al anciano y librarme del ojo para siempre.

Vayamos a lo central del asunto. Se me tacha de loco. Pero los locos no saben nada. A mí, por el contrario, deberíais haberme visto. Deberíais haber visto la sabiduría con la que procedí, la cautela, la previsión... ¡y el disimulo con el que acudía a trabajar!

El corazón delator, de Edgar Allan Poe


Continuamos hablando sobre el comportamiento de las personas en función de sus valores éticos y morales, y sobre la responsabilidad que recae sobre sus acciones. A través de ficciones literarias nos trasladamos a escenarios más duros en los que los personajes acaban cometiendo los mayores delitos que cabe imaginar. Es lo que sucede en el relato con el que hemos abierto el episodio de hoy. Un relato breve que lleva por título El corazón delator, y que está escrito por el gran Edgar Allan Poe, autor también de El gato negro, otro cuento clásico tan desconcertante como el que acabo de citar, y de muchos otros relatos que tienen en común adentrarse en los corazones y en las mentes de personas que mantienen dilemas internos a causa de su acciones y comportamientos. 

No obstante, abandonamos por unos minutos la ficción literaria, que nos permite exagerar en cuanto a los dilemas éticos de los personajes, para situarnos en las mentes de quienes se dedican a propagar bulos, mentiras para hacer daño a los contrarios, sin importarles que finalmente será la sociedad, y todos los que la componemos, la que reciba el daño mayor.

Por eso hay una parte de la sociedad que trata de contener esa avalancha de ruido y fango. Para la mayoría de las instituciones, empresas y personas que pelean contra la desinformación, la estructura abierta y la permisividad de las redes sociales han complicado mucho el panorama de la información. La libertad de expresión es un gran avance que no puede ser revocado, pero al mismo tiempo es un gran reto para quienes pretenden que la información sea veraz y responsable. Y para ello aprietan a los propietarios de las redes para que establezcan los controles necesarios para detectar posibles delitos o faltas cometidas por quienes aportan información falsa con el ánimo de engañar y obtener beneficios a cambio. Ardua tarea, pues en estos casos no se trata de actividades delictivas basadas en la obtención de rendimientos dinerarios o económicos, sino en la de propagar bulos, datos falsos y mentiras que dañan la imagen pública del adversario. Estamos hablando de posibles casos de maledicencia, calumnia o difamación. Y eso no es ético, eso no debe hacerse. Desinformar a propósito para ensuciar al contrario no beneficia a la sociedad, porque ensucia a todos. La fidelidad no puede suplantar a la honestidad. No hay ética ni moral que sustente eso, aunque haya personas que retuercen las palabras y sus significados para lograr un fin que justifique los medios. 


Pero para muchos políticos lo importante es acusar al otro. No importa de qué. Tienen detrás una legión que lo va a repetir sin cuestionarse la verdad, a pesar de que se haya visto en directo a través de la televisión o se haya mantenido en un hilo candente en las redes sociales, y por lo tanto todo el mundo ha podido ver y oír lo que dice o escribe cada persona.

Parece que no importa nada. Los que les tienen que creer les creen, sin necesidad de conocer los datos reales. Los que siguen la cuerda no necesitan saber. A la masa le basta con aplaudir y jalear, y a la minoría dirigente con disimular, como si nadie hubiera contestado sus argumentos ni demostrado nada en contra de sus afirmaciones o acusaciones.

Maquiavelo escribió sobre esto hace varios siglos. El texto de El Príncipe se refería a los gobernantes de entonces. Creíamos que ese periodo de la historia, sobre todo en lo político, estaba más que superado por las democracias, pero curiosamente no lo está. Sigue habiendo muchos príncipes y demasiados personajes maquiavélicos.

Estamos viviendo una época muy sombría, de pocas luces, que recuerda tiempos de siglos pasados. Parece que hemos vuelto atrás. Se valora más la apariencia que el conocimiento. Damos credibilidad a lo que deseamos y se la quitamos a lo que vemos. El exceso de información ha rebajado la importancia del conocimiento. El oscurantismo, la radicalidad, la negación y la polarización están por encima de todo. Y yo me pregunto, ¿a quién beneficia todo esto?


Volvemos a la literatura. En esta ocasión, para aportar diferentes visiones sobre la responsabilidad social, la ética, la moralidad, la honestidad, la lealtad y la fidelidad, he elegido un pequeño grupo de novelas y relatos que de una u otra manera plantean el dilema.

La literatura ofrece una gran muestra de ejemplos donde analizar estas situaciones. Elijo los autores y textos por mi propio gusto, pero hay muchísimas novelas y cuentos en los cuales el dilema moral es un punto de confluencia. Hay muchos más. Espero que mis elegidos sirvan como ejemplo y también que se animen a leerlos si no lo han hecho ya.

               


                              

El hombre solo

Bernardo Atxaga

          

Un terrorista, fugado de la justicia, vive día y noche oculto en un lugar apartado donde apenas se acerca nadie. Su día a día está lleno de miedos y temores. Cualquier sonido le hace estremecerse. Sabe que lo buscan. Sin embargo, tiene momentos muy cortos, de cierta paz, cuando se sumerge en la profundidad de una charca próxima al lugar donde se esconde. Ahí, en esa situación, Carlos, el principal y casi único personaje de la novela, deja de escuchar hasta su propia voz, porque el ruido del agua que se cuela por la grieta del fondo apaga los demás sonidos.

Sólo así logra apagar la voz que martillea su cabeza sin cesar, recordándole los terribles sucesos y alejándolos del olvido.

La novela está dotada de un perfecto ritmo, que crece en intensidad al mismo tiempo que el desarrollo de los acontecimientos, y también de un admirable estilo, salpicado de pausas que nos invitan, continuamente, al respiro y a la reflexión.

 “El hombre solo”, es un relato que mantiene en todo momento un alto interés.   La historia se desenvuelve en el contexto del verano del 82 en la Barcelona mundialista. Boniek, Sócrates, Maradona y demás futbolistas sirven como telón de fondo para el análisis de cuestiones políticas y sociales muy próximas a todos nosotros, y que son examinadas con la agilidad y la frescura propias del autor.

La tensión narrativa del texto de Atxaga nos arrastra hasta implicarnos en los vaivenes mentales de esas personas para las que el peligro es algo cotidiano y que por lo mismo añoran una vida normal. Y es ahí, en el interior del cerebro de Carlos. donde el autor realiza el ahondamiento de mayor calado.

En esa cabeza se dan cita, se mezclan y se confunden múltiples personajes. El meticuloso ex-comandante de zona, que sigue siendo fiel a las enseñanzas de su maestro, el activista educado en la convicción de su ideario, el héroe, la rata, el asesino, el villano. Creencias, temores, deseos, proyectos, sueños, miedo. Me quedo con la desesperanza.

Carlos es un hombre agarrado al presente porque es lo único que tiene; porque quiere olvidar su pasado, y porque carece de futuro, y, como el héroe de la tragedia griega, avanza guiado tan sólo por los augurios cargando sobre sus espaldas, solo, tremendamente solo, el terrible peso de la responsabilidad.

Y, sin embargo, el presente no le pertenece, porque el torrente de los acontecimientos le arrastra sin que pueda hacer nada por evitarlo. Es el destino. Y es la utopía en forma de vieja luchadora. Y los textos de Rosa Luxemburgo, que mitigan la traición y que presagian la tragedia final: "Némesis, lo mismo entre nosotros que en cualquier otro lugar, no hiere al más culpable, ni siquiera al más peligroso, hiere al más débil".

Una historia de espera, de impaciencia, de angustia. El lento pasar de los días, las horas, los minutos.

Y finalmente, cuando acaba la cuenta atrás: la señal; y entonces, el ritmo se hace trepidante; y el aluvión, inexorable, que arrastra a su paso y se lleva con él a los menos enraizados, a los más débiles, y tal vez, entonces, se cumplan los presagios.





Ensayo sobre la ceguera
José Saramago

Por supuesto, es un libro que recomiendo leer. Ya lo he resumido en el episodio anterior, así que ahora solo quiero añadir algunos comentarios propios.  

Se trata de una novela inquietante que nos hace reflexionar sobre la humanidad, sobre nuestras actitudes y nuestros actos, sobre nuestros valores éticos y morales. Una novela de mucho calado, muy propia del autor, el Saramago observador y crítico, el Saramago que profundiza en nuestras conciencias para que no caigamos en la autocomplacencia, el Saramago de “El año de la muerte de Ricardo Reis” el de “El evangelio según Jesucristo”, o el de “La caverna”, por citar solo algunas de sus obras más contundentes.

“Ensayo sobre la ceguera” se sitúa, como ya he comentado al comienzo, en una ciudad donde de repente aparece una epidemia que deja ciegas a las personas. Ciegos de ahora y de antes son encerrados y sometidos a una dolorosa cuarentena, donde sobrevivir se convierte en la única preocupación. El abandono por parte del estado, los abusos de los más fuertes y la desidia y crueldad de los guardias ponen en evidencia a la ética y a las normas morales, que acaban siendo sustituidas por el instinto animal más primario. 



 

Por último, voy a citar cinco novelas, todas ellas protagonizadas por un personaje muy reconocible en el ámbito de la literatura. Se trata de Tom Ripley, personaje creado por la escritora norteamericana Patricia Highsmith.


El talento de Mr. Ripley”, publicada en 1955, es la primera novela de la serie.

 

Tom Ripley es un joven norteamericano que malvive trampeando hasta que un día se le presenta una oportunidad para cambiar su vida y la aprovecha.

A partir de ahí, se convierte en un hombre con encanto, a pesar de que le sobreviene con frecuencia la duda y le posee una cierta ambigüedad. Y se hace un hombre refinado, elegante, ingenioso y soñador, aunque le gobierna un interior caótico que se deja arrastrar por el lujo, el dinero y la diversión.

En cambio, mantiene la moral, y el sentido de la empatía y de la ética de cuando trampeaba en su país natal. Así que, por encima de sus virtudes, son sus vicios quienes le arrastran.

Así que un día necesita matar, y mata, solo para mantenerse en el falso estatus que ha alcanzado gracias a fingir y a haber suplantado la personalidad de la víctima.

Y de ese modo el héroe se convierte también en asesino, aunque a los ojos del lector mantiene la apariencia de una persona débil. Lo justo para que lo veamos como un ser desamparado y, aunque sea por pena, mostremos alguna comprensión y acabemos por culpar a la víctima.

Pero a la vez, la autora también nos presenta a Tom como un hombre sin principios, que aparenta justo todo lo contrario para obtener beneficios, y nos mete de lleno en el dilema moral. El mismo dilema que se dirime en la mente del personaje. Allí donde podríamos averiguar si el personaje es consciente de que actúa de un modo maligno y falto de toda ética y moralidad; o es un mentiroso patológico, cegado por el complejo de inferioridad que padece y motivado por la envidia, que es la que provoca la ira que gobierna sus impulsos. 


Esa fue la primera aparición de Ripley. Después fueron apareciendo las cuatro novelas restantes:

La máscara de Ripley / Ripley bajo tierra (1970)

El juego de Ripley / El amigo americano (1974)

Tras los pasos de Ripley / El muchacho que siguió a Ripley (1980)

Ripley en peligro (1991)


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